Este sábado se casó un amigo, el primero. Todos sabemos o
creemos saber lo que moviliza ese momento en los protagonistas, pero el sábado
primero que nada me movilizó a mí. A mis 27 años asistí por primera vez al
casamiento de un amigo, uno de esos con los que estudiaba, jugaba al fútbol y hablaba
de mujeres. Todo esto parece que fue ayer, sin embargo el sábado lo veía en el
altar y ya no era el mismo que recorría los pasillos de la facultad conmigo.
Quizás si no fuera que es mi amigo hasta lo vería como un hombre grande, pero
es mi amigo y no puedo evitar verlo como uno de los gurises. ¿Cuándo fue que
dejamos de tener 18 años? ¿Cuándo dejamos de hablar de los planes para el finde
y empezamos a hablar de que mi hijo va a ir a la misma escuela que el tuyo y de
que bueno estaría que tu mujer se lleve bien con la mía?
Esas son preguntas que no soy capaz de responder, pero esto
lejos de ponerme mal me reconforta. Miro para atrás, miro hacia mis costados,
miro hacia el futuro y veo las mismas personas. Me llena el alma saber que los
mismos con los que estudié, jugué al fútbol y hablé de mujeres van a ser los
mismos con los que voy a aprender a cambiar pañales.
La felicidad se encuentra
en muchos caminos que se cruzan, se superponen y conviven. De todos modos
siempre se hay un factor común, NADA de lo que nos hizo feliz sería lo
mismo si no hubiésemos tenido esas personas que nos acompañaron durante todo el
camino. Ver la nota del último examen y saber que te recibiste no hubiese sido
lo mismo si un segundo después no estabas llamando a tu madre para contarle.
Hacer ese gol en la hora que tanto contás no hubiese sido lo mismo si al darte
vuelta no venía corriendo tu amigo para abrazarte. Esas diez cuadras que
caminaste muerto de la vergüenza con un ramo de flores en la mano no hubiese
sido lo mismo sin los ojos enamorados de tu pareja. Siempre, indefectiblemente,
terminamos yendo a la raíz y la vida nos enseña que la felicidad solo es real
cuando se comparte.
La gran mayoría de nuestras alegrías, incluso aquellas más
personales, carecerían de sentido si no tuviéramos con quien compartirlas. Es
por esto que cuando te encontras ante un momento de felicidad siempre, de un
modo u otro, se te aparece un rostro y no ves la hora de poder contarle a esa
persona lo que te está pasando.
Pocas cosas tengo tan claras como el hecho de que lo que
vale en la vida no lo llevo en mis bolsillos. Las personas ahorran en pesos, en
dólares, en ladrillos y los entiendo, pero cuando miro mi cuenta bancaria
siempre dice cero porque desde un tiempo a esta parte decidí ahorrar en
momentos. No me aferro a las cosas porque entendí que esto es un espiral y que
si sumas y compartís en la siguiente vuelta te va a tocar el doble y no por
justicia divina sino por gratitud. La mejor forma de recibir ayuda es ayudando,
la única forma de que se solidaricen con uno es siendo solidario, la mejor
forma de proteger lo que uno tiene es
COMPARTIRLO, DE ESO SE TRATA.
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