“Y”, “que”, “sí”, son palabras inofensivas, de esas que
pasan desapercibidas incluso en las más recordadas frases. El problema radica,
como siempre, en que cuando se juntan cosas en apariencia inofensivas puede
resultar algo peligroso. Esta no es la excepción. Si juntamos estas tres palabras como el
comienzo de una pregunta se abre un abismo ante nosotros, un abismo repleto de incertidumbre.
Y que si renuncio a mi puesto de contador y me pongo a
vender comida? Y que si cambio todos mis planes y le digo que la amo como no
ame a nadie? Y que hubiese pasado si…?
Ven lo peligrosas que se vuelven estas palabras en
apariencia inofensivas?
Abren un panorama
infinito de posibles realidades que responden a esa pregunta insignificante,
simplemente habría que animarse a probar ese “Y que si…?”. Como todo lo
incierto produce miedo, y el miedo parálisis y la parálisis muerte, porque una
vida en pausa no es más que la muerte.
Todo el tiempo que transcurrimos en pausa es un regalo que
le hacemos a ese ladrón silencioso llamado tiempo que nos roba segundo a
segundo la vida que se nos asignó al nacer, haciendo de esta cada segundo un
poco más corta. Y si bien es un ladrón generoso, ninguna persona en su sano
juicio le hace un regalo a alguien que viene a robarla sino que todo lo
contrario. La diferencia en este caso es que ya sabemos que el robo sucederá de
todos modos. Sin embargo, si bien todos nos ponemos tristes cuando nos roban el
celular, la tristeza es mucho menor si ya estaba usado. Cuando te lo roban
nuevo muchas veces decís “todavía lo estoy pagando!”. Como puede ser que
sientas esa indignación por un celular y no por tu tiempo de vida? No te das
cuenta que todo ese tiempo en pausa que te roban si fuera tu celular aún lo
estarías pagando?
Te dan la chance de disponer del tiempo, de tu tiempo, un
bien escaso, no renovable pero tuyo. Lo que no fue ya no será y en esa tragedia
de saber que todo tiene un final, al menos que cuando eso llegue el celular
este gastado y todas las cuotas de nuestra vida estén pagas. No hay nada peor
que llegar al final y pensar: “todavía lo estoy pagando!”.
Unas líneas atrás definí al tiempo como a un “ladrón
generoso” y si sos un lector atento seguro que te llamó la atención ya que son
dos palabras que implican cosas opuestas. Una persona generosa es aquella que
brinda algo sin esperar nada a cambio, mientras que un ladrón roba algo que no
le pertenece. Sin embargo en el caso del tiempo sucede algo extraño.
Todos nosotros en algún momento de nuestra vida nos enojamos
con el tiempo y lo acusamos de robarnos las mejores cosas. El tiempo te roba la
niñez, después la juventud, después a tus padres, después las fuerzas y por
último la vida misma. Visto de esta forma, el tiempo es un ladrón despiadado,
cruel, inhumano. Yo mismo por durante gran parte de mi corta vida lo vi de esta
manera, el tiempo era uno de mis más grandes enemigos, tan grande que era una
pelea que nunca iba a poder ganar. No obstante un día entendí, o creí entender.
Un día me hice una pregunta: Que es lo que el tiempo me
roba? Y en ese momento comprendí que lo que el tiempo me roba no es ni más ni
menos que lo que primero me regaló y por eso es un ladrón generoso o más bien,
es un prestamista. No de dinero sino de momentos y los intereses que cobra es
hacer que estos sean efímeros. Ahora bien, visto de este modo, aun sabiendo que
el costo de asumir este préstamo es terminar perdiendo todo, llegado el momento
final, no estarían dispuestos a volver a endeudarse? Yo sí.
Hoy estoy viendo como el tiempo deja de ser prestamista por
un rato y se pone en rol de cobrador, quizás antes de lo esperado pero viene a
cobrar. Era parte del trato, sabía que en algún momento me iba a tocar la
puerta e iba a exigir su pago. Tengo derecho a enojarme? Por supuesto! El
problema es que aún no sé qué con o quien enojarme, con el tiempo seguro que no,
porque sé que así como hoy me cobra mañana me va a seguir prestando.
Por suerte el nudo es en la garganta y no en las manos ni en
la cabeza. Como dice la murga hoy tengo el miedo de la nada y la esperanza de
un sendero, pero me queda muy poco de las manos de mi padre protegiéndome del
mundo entero.
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